viernes, 8 de junio de 2012

EL PAIS COMO ESCUELA POR WILIAM OSPINA

MINERIA DELITO
El país como escuela
Por: William Ospina
No se sabe qué es más inquietante, si el colapso de la infraestructura vial del país como consecuencia de los sucesivos gobiernos y de los acumulados inviernos, o las emocionadas giras del gobierno firmando tratados de libre comercio con todo el mundo.
como está la producción agraria, desestimulada como está la industria, vacilando como está la restitución de tierras, y del todo inexistente el proyecto productivo que debería acompañarla, ¿qué será lo que estamos pensando venderle al mundo entero? ¿Con los recursos obtenidos por la producción de qué estaremos pensando comprar lo que los otros países sí producen?

Nos dirán, claro, que con los recursos de la minería en auge. Como estamos vendiendo el subsuelo a término fijo y a gran escala, se supone que pronto seremos más prósperos que Venezuela y que Arabia Saudita, y tendremos con qué comprar todas esas cosas que les encantan a nuestros gobernantes y a nuestra sofisticada clase dirigente.

Pero lo que más se escucha hoy en Colombia son las alarmas por la política minera. No porque este país, como cualquier otro, no tenga razonable derecho a explotar sus reservas de minerales, de hidrocarburos, sino por todo el equilibrio natural que está en juego, el bienestar de las comunidades que debe ser preocupación prioritaria, y porque es fácil ver que en el río revuelto de la improvisación y la corrupción las grandes multinacionales pescan a su amaño. Se diría que, salvo los gobernantes, todo el mundo adivina las consecuencias.

Desde los campesinos que padecen la explotación del oro con mercurio y cianuro, los habitantes de las bahías del norte que lentamente ven cubrirse el agua con la capa de tizne de la contaminación carbonífera, los pescadores que intentan vender sus peces de espinazo fosforescente y los pueblos que se vienen abajo por la inestabilidad de los suelos, hasta los funcionarios que advierten la imposibilidad de controlar los manejos de las grandes empresas explotadoras y los que denuncian su embudo de descomunales ganancias y exiguos tributos, todos saben que la feria de las minas puede convertirse en otra hojarasca arrasadora como la que García Márquez retrató en sus novelas, y temen que la historia de Colombia se repita, como suele ocurrir, en espirales de violencia y de ruina.

Ojalá por lo menos Colombia Humanitaria esté logrando ayudarle a la población damnificada a sortear la catástrofe de los inviernos sucesivos, aunque me temo que a pesar del generoso esfuerzo de los funcionarios que le dieron ejemplo al mundo en la reconstrucción del Eje Cafetero, gracias a una acertada política de manejo ágil e independiente de los recursos, ahora el óxido de la maquinaria burocrática no les permita responder con suficiente rapidez a los millones de dramas simultáneos que genera en Colombia la abundancia de agua.

El gobierno tan entusiasta en tratados y tan pródigo en garantías para la explotación del subsuelo, porque no se piense que vulneramos “la confianza inversionista”, trata de responder también a los males de la extrema pobreza de un modo harto discutible.

Se dice que Colombia tiene en la indigencia un 10 por ciento de su población. Ello significa que están en el último pozo de la miseria humana cuatro millones y medio de personas: un millón de hogares. Si el gobierno ha prometido regalar en seis años cien mil casas, ello significa que novecientos mil de esos hogares, cuatro millones de personas, deben despedirse ya de toda esperanza.

Las cien mil casas seguramente serán construidas por esas grandes empresas que tan favorecidas se ven por el rigor de las adjudicaciones oficiales. El regalo para los pobres no deja de ser un confite para los grandes constructores. ¿Pero no sería más inteligente, más audaz y más productivo poner a uno o más millones de personas, con la asesoría adecuada, con los mínimos recursos de suelos y de materiales, a construir sus propias viviendas? ¿Convertir ese esfuerzo constructivo en una labor pedagógica de calificación de mano de obra, una inmensa escuela de albañilería, carpintería, cantería, plomería, artesonado y ornamentación?

Mejor que dar limosna es brindar la posibilidad de aprender. Hay instituciones como la Escuela Taller de Bogotá que podrían orientar un ejercicio de este tipo, porque han demostrado saber enseñar construyendo y ser capaces de formar talentos resolviendo a la vez dramas sociales. El Sena, y muchísimas otras instituciones, podrían vincularse a una tarea semejante. Algo de eso tuvo el Forec, y éste podría convertirse en un proyecto social de grandes dimensiones.

Pero los proyectos de grandes dimensiones a veces acobardan a los gobiernos. Y no lo entiendo, porque comprometerse a gobernar un país tan dramático y tan desafiante como Colombia es un proyecto de dimensiones casi delirantes.

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